Intimidación escolar por ser distinto


Cuando el rechazo se convierte en silencio: comprender el acoso y entender a quienes lo viven

El bullying escolar es una forma de violencia psicosocial que afecta profundamente la autoestima, el desarrollo emocional y la percepción del yo en niños y adolescentes. Este artículo explora sus causas, consecuencias y estrategias de afrontamiento.

En la escuela, el bullying se gesta en dinámicas sociales que muchas veces pasan desapercibidas: miradas amenazantes, señalamientos que etiquetan, juicios infundados. Comprender el bullying implica mirar más allá de la agresión o la burla explícita; exige reconocer las actitudes de exclusión y los efectos psicológicos que deja en quienes la padecen.

El rechazo como antesala del acoso

El rechazo en la escuela rara vez nace de una diferencia objetiva. Más bien surge de prejuicios sociales, o la necesidad de un grupo de consolidar su identidad señalando a un “otro”, es decir, al chivo expiatorio. Basta una figura dominante para activar la lógica del chivo expiatorio, un mecanismo descrito por Girard (1982) en el que la comunidad descarga tensiones colectivas sobre un individuo que encarna la alteridad, o condición de "ser otro".

Las etiquetas —el raro, el feo, el genio, el marica— no describen a la persona, pero sí la expulsan simbólicamente del grupo. La psicología del desarrollo ha mostrado que los niños aprenden muy pronto a usar categorías sociales para organizar el mundo, pero también para jerarquizarlo (Bigler & Liben, 2007). Una etiqueta no solo clasifica a las personas, también marca un límite entre “nosotros” y “ellos”.

El paso del rechazo al acoso ocurre cuando el grupo interpreta que tiene permiso para hostigar a alguien. Ese permiso puede provenir de modelos familiares donde la burla o la violencia son normalizadas (Baldry & Farrington, 2000), de normas culturales que legitiman el dominio sobre alguien o la ridiculización de quien es diferente (Connell, 1995), o bien, de medios de comunicación que reproducen y facilitan estereotipos agresivos.

La escuela, en este sentido, no origina el problema, más bien lo refleja. Reproduce los valores, prejuicios y modos de relación que los niños y adolescentes ya han interiorizado en sus hogares. Por eso, la prevención requiere una mirada sistémica que incluya a las familias y al entorno cultural más amplio (Ttofi & Farrington, 2011).

El silencio como síntoma

Muchos niños y adolescentes no verbalizan el acoso que sufren. El “no tengo ganas de ir” o “me siento mal” puede esconder miedo, vergüenza o la creencia de que denunciar solo empeoraría la situación. El silencio, lejos de ser un acto pasivo, es una estrategia de autoprotección.

La investigación muestra que las víctimas suelen inhibir sus emociones cuando perciben que los adultos no pueden —o no quieren— intervenir (Hunter, Boyle & Warden, 2004). Callan porque temen represalias, porque sienten vergüenza, porque creen que “algo hicieron” para merecerlo (Graham & Juvonen, 1998), o porque no tienen las palabras para describir lo que sienten. La alexitimia infantil, por ejemplo, se asocia con mayor dificultad para pedir ayuda (Rieffe et al., 2006).

Interpretar el silencio requiere sensibilidad. Cambios en el sueño, somatizaciones, retraimiento, irritabilidad o resistencia persistente a asistir a clases pueden ser señales de alerta. Los niños que perciben a sus cuidadores como accesibles y receptivos tienen mayor probabilidad de revelar lo que ocurre (Demaray & Malecki, 2002).

El silencio de un niño o adolescente podría calificarse como un mensaje codificado. En este sentido, escucharlo implica observar sin la necesidad de emotir un juicio al respecto. También puede ser una forma de preguntar respecto a su problema sin la necesidad de presionarle directamente. La actitud clave aquí tiene que ver con aceptación sin minimizar los acontecimientos, es decir, hacerlo de una manera empática y ausente de juicios innecesarios.

Dinámicas del acoso escolar y sus efectos psicológicos

El bullying puede ser sutil o explícito, pero en cualquiera de sus formas tiene la capacidad de erosionar el sentido de seguridad que posee la persona sobre sí misma. La exposición repetida a este fenómeno se asocia con baja autoestima, ansiedad y depresión leve o moderada, somatizaciones (problemas físicos por causas psicológicas), y dificultades académicas (falta de concentración, problemas de memoria) (Reijntjes et al., 2010; Arseneault, Bowes & Shakoor, 2010). Estos efectos pueden persistir incluso en la adultez (Takizawa, Maughan & Arseneault, 2014).

La intensidad del daño depende de factores como:

  • El temperamento y la sensibilidad emocional (Rothbart & Bates, 2006).

  • El apoyo social disponible, que actúa como amortiguador (Holt & Espelage, 2007).

  • Las estrategias de afrontamiento, que pueden fortalecer o debilitar la resiliencia (Compas et al., 2017).

El bullying no solo deja secuelas psicológicas a mediano o largo plazo, también puede reconfigurar la manera en que el niño interpreta el mundo y se interpreta a sí mismo.

Estrategias de afrontamiento saludables

Afrontar el acoso no es responsabilidad exclusiva de la víctima, pero sí es importante ofrecer herramientas que fortalezcan su bienestar emocional. A continuación menciono algunas que pueden ser de utilidad.

Hablar con un adulto de confianza

La búsqueda de apoyo social reduce significativamente los síntomas emocionales asociados al acoso (Hunter, Boyle & Warden, 2004). Contar lo que ocurre es un acto de autocuidado.

Evitar reaccionar emocionalmente frente al agresor

Muchos acosadores buscan refuerzo social, como el echo de ver sufrir psicológicamente a su víctima. No entregar esa gratificación puede disminuir la frecuencia del hostigamiento (Salmivalli et al., 2011).

Canalizar la rabia de forma constructiva

El ejercicio físico, el arte, la escritura o el humor ayudan a procesar la tensión sin recurrir a la violencia, reduciendo la rumiación emocional (Gross, 2015).

Fortalecer la autoconfianza sin fomentar la agresión

Prácticas como el yoga, la meditación o la defensa personal no agresiva aumentan la sensación de autoeficacia (Juvonen & Graham, 2014).

Buscar apoyo profesional cuando los síntomas persisten

La intervención temprana reduce el riesgo de que el malestar se vuelva crónico.

Conclusión

El acoso escolar no es un evento aislado, es más bien un fenómeno interpersonal y cultural. Nace del rechazo, se oculta en el silencio y deja huellas profundas en la vida emocional de quienes lo sufren. Comprenderlo exige mirar por debajo de la superficie: reconocer las dinámicas sociales que lo sostienen, escuchar los silencios que lo encubren y acompañar con sensibilidad a quienes lo viven.

La prevención no se logra solo con normas escolares, también se requiere la creación de comunidades que valoren la empatía, la diversidad y la dignidad humana. Cuando un niño se atreve a hablar —o cuando un adulto aprende a escuchar— comienza el camino hacia la reparación.

Referencias

  • Arseneault, L., Bowes, L., & Shakoor, S. (2010). Bullying victimization in youths and mental health problems. Psychological Medicine. doi.org/10.1017/S0033291709991383

  • Baldry, A. C., & Farrington, D. P. (2000). Bullies and delinquents: Personal characteristics and parental styles. Journal of Community & Applied Social Psychology.

  • Bigler, R. S., & Liben, L. S. (2007). Developmental intergroup theory. Explaining and Reducing Children's Social Stereotyping and Prejudice.

  • Compas, B. E., et al. (2017). Coping, Emotion Regulation and Psychopathology in Childhood and Adolescence: A Meta-Analysis and Narrative Review. Annual Review of Clinical Psychology. doi.org/10.1037/bul0000110

  • Connell, R. W. (1995). Masculinities. University of California Press.

  • Demaray, M. K., & Malecki, C. K. (2002). Critical levels of perceived social support associated with student adjustment. School Psychology Quarterly.

  • Girard, R. (1982). Le bouc émissaire. Grasset.

  • Graham, S., & Juvonen, J. (1998). Self-blame and peer victimization in middle school. An attributional analysis. Developmental Psychology. 34(3), 587-599. doi/10.1037/0012-1649.34.3.587

  • Gross, J. J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry; 26(1), 1-26. doi/10.1080/1047840X.2014.940781

  • Holt, M. K., & Espelage, D. L. (2007). Perceived social support among bullies and victims. Journal of Youth and Adolescence, 36(8), 984-994. https://psycnet.apa.org/doi/10.1007/s10964-006-9153-3

  • Hunter, S. C., Boyle, J. M., & Warden, D. (2004). Help-seeking among child and adolescent victims of peer-aggression and bullying. The influence of school-stage, gender, victimisation, appraisal and emotion. British Journal of Educational Psychology. 74 (3), 375-390. https://psycnet.apa.org/doi/10.1348/0007099041552378

  • Juvonen, J., & Graham, S. (2014). Bullying in schools. Annual Review of Psychology.

  • Reijntjes, A., Kamphuis, J.H., Prinzie, P., & Telch, M.J. (2010). Peer victimization and internalizing problems in children: A meta-analysis of longitudinal studies. Child Abuse & Neglect. 34(4), 244-252. https://psycnet.apa.org/doi/10.1016/j.chiabu.2009.07.009

  • Rieffe, C., Oosterveld, P., & Meerum Terwogt, M. (2006). An alexithymia questionnaire for children: Factorial and concurrent validation results. Personality and Individual Differences, 40(1), 123–133.

  • Rothbart, M. K., & Bates, J. E. (2006). Temperament. In N. Eisenberg, W. Damon, & R.M. Lemer (Eds.) Handbook of Child Psychology: Social, emotional and personality development (6th ed, pp. 99-166). John Wiley & Sons, Inc. APA PsycNet

  • Salmivalli, C., et al. (2011). Bullying as a group process: Participant roles and their relations to social status within the group. Aggressive Behavior; 22(1), 1-15. https://psycnet.apa.org/doi/10.1002/(SICI)1098-2337(1996)22:1%3C1::AID-AB1%3E3.0.CO;2-T

  • Takizawa, R., Maughan, B., & Arseneault, L. (2014). Adult health outcomes of childhood bullying victimization. Psychological Science. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2014.13101401

  • Ttofi, M. M., & Farrington, D. P. (2011). Effectiveness of school-based programs to reduce bullying. Journal of Experimental Criminology.