¿Por qué se cree que la homosexualidad no es una enfermedad?

Durante décadas, la homosexualidad fue considerada una desviación patológica. Hoy, la ciencia y la ética convergen para desmontar ese prejuicio. Este artículo revisa críticamente los argumentos históricos, científicos y morales que han sostenido —y desmentido— esa idea.

¿Por qué seguimos debatiendo lo evidente?

La pregunta sobre si la homosexualidad constituye una enfermedad mental persiste en ciertos sectores, a pesar del consenso científico que la descarta como tal. Este debate no se sostiene en evidencia, sino en valores arraigados, discursos morales y resistencias culturales. Revisar su historia y fundamentos permite comprender cómo se construyen y deconstruyen los prejuicios al respecto.

Historia de una patologización: entre manuales y moralismos

Hasta 1973, la homosexualidad figuraba como trastorno en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la APA. Dos años después, la OMS también la retiró de su clasificación internacional de enfermedades. Sin embargo, estas decisiones no extinguieron el estigma: surgieron campañas para “curarla” mediante psicoterapia, ignorando décadas de estudios que demostraban que las personas homosexuales no presentan disfunciones sociales, emocionales ni cognitivas asociadas a su orientación sexual.

La persistencia de discursos patologizantes revela que el problema no es la falta de evidencia, sino la resistencia moralista. En muchos casos, se apela a la tradición, la fe o la autoridad religiosa para justificar posturas que contradicen el conocimiento científico.

En muchos casos, se observa una tendencia a revestir de cientificismo argumentos que en realidad responden a convicciones ideológicas. Por ejemplo, algunas corrientes religiosas han promovido terapias de conversión o “reorientación sexual” bajo el supuesto de que la homosexualidad es una desviación corregible, ignorando que estas prácticas han sido condenadas por organismos como la Organización Panamericana de la Salud (OPS) debido a su carácter no ético y potencialmente dañino.

¿Enfermedad, identidad o diversidad humana?

Una enfermedad mental implica alteraciones significativas en los procesos cognitivos, afectivos o conductuales que generan sufrimiento o deterioro funcional. La homosexualidad no cumple con estos criterios. Según la APA (2014), no hay evidencia que vincule la orientación sexual con psicopatología. Las alteraciones que sí se observan —ansiedad, depresión, estrés postraumático— suelen derivarse de experiencias de discriminación, rechazo o violencia, no de la orientación en sí misma.

Respecto a su origen, la ciencia reconoce que el comportamiento humano resulta de una interacción compleja entre factores genéticos, hormonales, ambientales y sociales. No existe una causa única determinista.

Esta perspectiva multidimensional ha reemplazado los modelos reduccionistas que buscaban explicar la homosexualidad en el ADN, la crianza, o en experiencias tempranas de vida. Pero lo relevante no es saber si la homosexualidad es innata o adquirida, sino el simple hecho de que forma parte de la diversidad humana.

Diversos estudios han identificado correlaciones entre ciertas estructuras cerebrales, niveles hormonales prenatales y patrones de socialización, pero ninguno ha demostrado una relación causal directa ni universal. De hecho, la variabilidad individual es tan amplia que cualquier intento de establecer un origen único determinado resulta científicamente insostenible y éticamente problemático. Esta diversidad de causas no requiere justificación biológica para ser válida: basta con que exista, se exprese y no sea nociva para otros.

La ciencia contemporánea no busca “explicar” la homosexualidad como si fuera una anomalía, sino comprenderla como una expresión legítima de la subjetividad humana.

Ciencia y religión: ¿diálogo o disonancia?

La tensión entre ciencia y religión se agudiza cuando se pretende justificar terapias de conversión o discursos excluyentes desde la fe. Mientras la ciencia se basa en la verificación empírica, la religión opera desde la creencia. Aunque existen posturas intermedias que buscan reconciliar ambas perspectivas, el conflicto emerge cuando se pretende invalidar la evidencia científica en nombre de dogmas.

La fe ciega, como señala Per Kurowski, no es aliada del conocimiento. La responsabilidad ética recae en quienes, con acceso a la educación y la información, eligen sostener prejuicios en lugar de abrirse al debate. La ciencia, por su parte, no moraliza: describe, explica y resignifica.

Conclusión: despatologizar para incluir

La homosexualidad no es una enfermedad. Es una forma legítima de ser, sentir y vincularse. La ciencia lo ha demostrado; la ética lo exige. El desafío actual no es clínico, sino cultural: desmontar los prejuicios que aún persisten y construir sociedades donde la diversidad no sea motivo de exclusión, sino de enriquecimiento colectivo.

Referencias

  • APA (2014). Answers to Your Questions for a Better Understanding of Sexual Orientation and Homosexuality.

  • OMS (1990). Clasificación Internacional de Enfermedades, CIE-10.

  • Organización Panamericana de la Salud. (2012). “Las terapias de conversión representan una grave amenaza para la salud y los derechos humanos”.

  • Peidro, S. (2021). La patologización de la homosexualidad en los manuales diagnósticos. Revista de Bioética y Derecho.

  • Chavarría et al. (2025). Salud mental e identidad en la diversidad sexual. Investigación y Pensamiento Crítico.

  • National Geographic (2023). Salud mental y acceso a derechos en la comunidad LGBTQ+.