¿Por qué actuamos como actuamos? ¿Qué nos lleva a
confiar en alguien, desconfiar de un desconocido o interpretar un
gesto como señal de culpabilidad? Todos tenemos explicaciones para
la conducta humana. El problema es que nuestras explicaciones no
siempre son acertadas.La psicología nace, en buena medida, de la curiosidad por comprender lo que pensamos, sentimos y hacemos. Pero existe una diferencia fundamental entre creer que conocemos la mente humana y estudiar científicamente cómo funciona realmente. Para descubrirla, comencemos con una pequeña historia.
El juez que podía leer la culpabilidad en los ojos
Durante una conferencia sobre los factores psicológicos que intervienen en la justicia penal, un juez respetado por sus colegas afirmó poseer una habilidad extraordinaria:
—Puedo reconocer
cuándo un acusado es culpable con solo mirarlo a los ojos.
Un psicólogo presente en la sala sintió curiosidad.
—¿Y qué encuentra en su mirada, señor juez?
—Los culpables tienen una mirada esquiva. No pueden sostenerme los ojos porque saben que descubriré sus mentiras.
Un abogado defensor intervino:
—¿Quiere decir que quien no puede mirarlo directamente es necesariamente culpable?
—Naturalmente. Su mirada los delata.
—¿Y cómo ha comprobado que su teoría es correcta?
El juez respondió con absoluta seguridad:
—¡Es evidente! Yo nunca enviaría a prisión a una persona inocente.
(Tomado de: F.G. Zimbardo)
La respuesta parece contundente, pero encierra una trampa. El juez presenta su propia convicción como prueba de que tiene razón. No ofrece una comprobación independiente de su capacidad para reconocer la culpabilidad; simplemente da por sentado que nunca se equivoca.
Su razonamiento es circular: considera que puede identificar a los culpables, y utiliza esa misma supuesta capacidad para justificar sus decisiones.
Además, juzga a partir de una premisa dudosa: que evitar el contacto visual es una señal inequívoca de culpabilidad. Sin embargo, una persona inocente puede apartar la mirada por nerviosismo, miedo, vergüenza, timidez o por la presión de encontrarse ante una autoridad. Y alguien que miente, por otro lado, puede sostener la mirada con toda tranquilidad.
De hecho, una revisión de 206 estudios, realizada por Bond y DePaulo (2006), encontró que las personas acertaban, en promedio, alrededor del 54 % de las veces al distinguir entre mentiras y verdades sin ayudas especiales ni entrenamiento específico o especializado. La intuición humana, por tanto, está lejos de ser un detector infalible de engaños.
El juez del ejemplo representa una forma muy común entre las personas de interpretar a los demás: observar una conducta, atribuirle una causa y dar por cierta esa explicación sin comprobar si existen otras posibilidades.
Todos tenemos nuestra propia psicología
No hace falta estudiar una carrera para elaborar explicaciones sobre el comportamiento humano. Desde pequeños aprendemos a interpretar gestos, anticipar reacciones y formular hipótesis sobre lo que los demás piensan o sienten.
Cuando alguien no responde a nuestro saludo, por ejemplo, podemos concluir que está enfadado con nosotros. Si un compañero obtiene una buena calificación, quizá atribuyamos su éxito a su inteligencia; si fracasa, podemos pensar que no se esforzó lo suficiente. A veces acertamos; otras veces, nuestra imaginación trabaja más de lo necesario.
Este tipo de psicología cotidiana, conocida como psicología del sentido común, es normal, y nos ayuda a desenvolvernos en la vida social. El problema aparece cuando confundimos nuestras interpretaciones subjetivas con hechos que escapan a nuestra comprensión y requieren ser demostrados. He aquí un ejemplo de psicología popular de la cual, muchas veces, no sólo se usa mal, sino también se abusa en demasía.
No obstante, la psicología también forma parte de nuestra cultura y vida cotidiana. Aparece en conversaciones, películas, programas de televisión, redes sociales y anuncios publicitarios. Hablamos de ansiedad, personalidad, inteligencia, inconsciente o depresión, y utilizamos esos términos para explicar lo que nos sucede o lo que observamos en los demás. En ocasiones, estos conocimientos nos ayudan a comprendernos mejor. En otras, se convierten en etiquetas apresuradas o, incluso, en herramientas de persuasión para manipular y lograr ciertos propósitos.
Es probable que el lector haya usado la psicología para "psicologizar" a un adversario en una competencia, o que haya sido "psicologizado" en una determinada prueba, o que la haya empleado para persuadir a otra persona a que vea las cosas de la misma forma en que él o ella las entiende. Independientemente de su calidad moral, basta recordar cuántas veces alguien ha utilizado una supuesta explicación psicológica para desacreditar a un adversario o convencernos de comprar algo que no necesitamos realmente.
Por tanto, saber algunos conceptos de psicología no equivale a comprender los mecanismos subyacentes que implica la conducta humana. Hoy día vivimos "la era de la psicología"; actualmente cada cual es un psicólogo a su manera.
De la intuición a la investigación científica
Si nuestras observaciones cotidianas pueden conducirnos a conclusiones equivocadas, ¿cómo podemos distinguir una explicación razonable de una simple suposición o creencia?
La respuesta está en la investigación sistemática.
La psicología científica formula preguntas, propone explicaciones y busca evidencias que permitan ponerlas a prueba. En lugar de conformarse con una primera impresión, intenta determinar qué datos respaldan una hipótesis, qué otras explicaciones podrían dar cuenta de los mismos hechos y bajo qué condiciones se mantiene una conclusión.
Volvamos al juez. Para evaluar su afirmación, no bastaría con preguntarle cuánta confianza tiene en su intuición. Habría que comprobar sus predicciones mediante un procedimiento independiente y criterios previamente establecidos, evitando que sus propias sospechas determinen quién es considerado culpable y quién no.
También sería necesario reconocer los límites de esa comprobación: una evaluación experimental de la capacidad para detectar mentiras no equivale a determinar la culpabilidad penal de una persona. La justicia requiere pruebas pertinentes y garantías procesales, no impresiones sobre una mirada. Este ejemplo ilustra una de las grandes aportaciones de la psicología: enseñarnos a cuestionar lo que parece evidente. Porque una explicación puede sonar convincente y, aun así, ser incorrecta.
La experiencia personal es valiosa, pero no siempre basta para identificar las causas verdaderas de una conducta. Para comprenderla con mayor rigor necesitamos métodos que permitan contrastar nuestras ideas con los hechos y revisar nuestras conclusiones cuando la evidencia las contradice.
¿Existe una única manera de entender al ser humano?
La psicología no ofrece una sola explicación para todo lo que hacemos. A lo largo de su historia han surgido distintas perspectivas teóricas, cada una con sus preguntas, conceptos y formas de investigar. Algunas han puesto el énfasis en los procesos inconscientes y los conflictos internos; otras, en el aprendizaje y la conducta observable. También se han desarrollado enfoques que estudian la cognición, las emociones, la biología, la personalidad y las relaciones sociales.
Estas perspectivas no siempre coinciden en sus supuestos ni en la importancia que conceden a cada factor. Precisamente por eso, estudiar la historia de la psicología permite comprender cómo han cambiado las explicaciones sobre la naturaleza humana, qué aportaciones han realizado y qué temas continúan abiertos a investigación.
En este recorrido se examinan cuatro grandes modelos de la naturaleza humana, así como algunos de los principales investigadores asociados a ellos. Conocerlos nos permitirá comparar sus propuestas y entender por qué una misma conducta puede analizarse desde perspectivas diferentes.
Aprender a desconfiar de nuestras certezas
El propósito de la psicología no consiste en convertirnos en lectores infalibles de la mente ajena, sino en ayudarnos a formular mejores preguntas sobre nosotros mismos y sobre los demás.
La próxima vez que alguien evite nuestra mirada, llegue tarde o responda de manera inesperada, quizá convenga detenernos antes de construir una explicación definitiva. Puede que tengamos razón, pero también es posible que estemos completando los huecos con nuestras propias suposiciones. Y ahí comienza el verdadero ejercicio psicológico: observar, preguntar, contrastar y estar dispuestos a cambiar de opinión.
Al fin y al cabo, si comprender la conducta humana fuera tan sencillo como mirar a alguien a los ojos, los psicólogos tendrían una profesión mucho más cómoda. Y los jueces, probablemente, necesitarían bastante menos expedientes.
La realidad es más compleja, pero también mucho más interesante. En los próximos artículos comenzaremos a explorar cómo la psicología ha intentado descifrarla la conducta humana, desde sus ideas y experimentos clásicos hasta las investigaciones contemporáneas.
Referencias
Bond, C. F., Jr., & DePaulo, B. M. (2006). Accuracy of deception judgments. Personality and Social Psychology Review, 10(3), 214–234. https://doi.org/10.1207/s15327957pspr1003_2
American Psychological Association. (s. f.). Psychology. APA Dictionary of Psychology. Definición de psicología