Infancia, género y sexualidad: un análisis histórico, cultural y social

Una revisión histórica y cultural sobre cómo distintas sociedades han interpretado la homosexualidad, el género y el desarrollo infantil desde la antigüedad hasta a nuestros días.

La noción de una “homosexualidad infantil” no es adecuada desde la psicología contemporánea, ya que la orientación sexual no se expresa en la niñez como conducta sexual intencionada. Lo que sí puede observarse son preferencias, expresiones de género, y formas de relacionarse que, aunque no determinan la orientación sexual futura, forman parte del desarrollo afectivo y social del infante. Este artículo aborda cómo distintas culturas han interpretado la homosexualidad y el género en la infancia y adolescencia, así como los cambios históricos que han moldeado estas percepciones.

Variabilidad cultural: actitudes sociales y edad de consentimiento

Las sociedades han interpretado las relaciones sexuales —incluyendo aquellas que involucran a adolescentes— a partir de dos criterios principales: Actitudes sociales, influenciadas por la religión, la moralidad y estructuras de poder; y la edad de consentimiento sexual, que históricamente ha variado según normas familiares, tribales o estatales.

En muchas culturas antiguas, la edad de consentimiento coincidía con la pubertad, marcada por cambios físicos visibles. En contextos anteriores a los tiempos modernos, una persona de 13 o 14 años podía ser considerada socialmente adulta, lo que influía en la forma en que se entendían las relaciones intergeneracionales.

Las diferencias culturales respecto a la sexualidad y la edad de consentimiento reflejan formas distintas de entender la madurez, la autoridad y el control social. En muchas sociedades anteriores a la nuestra, la edad mínima no se concebía como un derecho individual, sino como una herramienta para regular el matrimonio, la herencia y la organización familiar. La pubertad funcionaba como señal visible de disponibilidad social, pero no implicaba autonomía personal.

En épocas anteriores a las nuestras, la adolescencia no se conocía tal como la reconocemos hoy: una etapa diferenciada y con características particulares. El paso hacia la adultez, en cambio, se definía por ritos de iniciación o adquisición de responsabilidades ya económicas y sociales, más que criterios puramente psicológicos o fisiológicos.

Las actitudes hacia las relaciones entre personas del mismo sexo también variaban según estas estructuras. En algunos contextos, los vínculos intergeneracionales entre varones se interpretaban como parte de la educación o la transmisión de estatus; en otros, se condenaban como transgresiones morales. Con la modernidad, la consolidación de los Estados-nación y la aparición de nuevas concepciones de infancia llevaron a elevar y unificar la edad de consentimiento, desplazando el foco hacia la protección del menor y la prevención de abusos. Desde entonces, el debate ya no se centra solo en una cifra, sino también en la comprensión de factores como la asimetría de poder, la coerción y la capacidad real de decidir, que hoy son esenciales para evaluar el consentimiento.

Grecia y Roma: institucionalización, funciones sociales y tensiones morales

Gran parte del conocimiento occidental sobre relaciones entre varones jóvenes y adultos proviene de la Grecia clásica, donde existió la pederastia, un vínculo social y erótico entre un hombre adulto (erastés) y un joven púber (erómeno). Algunos autores antiguos describen que estas relaciones podían comenzar antes de los trece años, aunque su significado cultural era complejo: incluía educación, estatus, formación cívica y vínculos afectivos.

En muchas poleis, especialmente en Atenas, se concebía como una relación estructurada donde el adulto asumía un rol de guía moral, militar y social. Este vínculo se entendía como parte de la paideia, el proceso de formación del ciudadano, y estaba regulado por normas sociales estrictas: el joven debía mantener dignidad y modestia, y el adulto debía demostrar autocontrol y responsabilidad. La dimensión erótica existía, pero estaba subordinada a ideales de virtud, disciplina y transmisión de valores aristocráticos. En regiones como Esparta o Creta, la relación adquiría matices militares o iniciáticos, reforzando la cohesión entre guerreros y la integración del joven en la comunidad adulta.

Sin embargo, la Grecia antigua no fue homogénea ni completamente tolerante. Algunos autores y ciudades consideraban estas relaciones como moralmente problemáticas o potencialmente corruptoras, y existían debates filosóficos sobre su legitimidad. Platón, por ejemplo, osciló entre idealizar el amor entre varones como forma de elevación espiritual y criticar sus excesos.

En Roma, la situación cambió de manera significativa. Aunque la cultura romana heredó prácticas griegas, la sociedad romana tenía una visión distinta del cuerpo, la ciudadanía y el poder. Las relaciones entre adultos y jóvenes persistieron, pero se reinterpretaron bajo el marco romano de dominación y estatus. Lo aceptable no era tanto la relación en sí, sino quién ocupaba el rol activo y quién el pasivo. Para un ciudadano romano libre, asumir el rol pasivo era visto como una pérdida de honor, mientras que ejercer el rol activo con esclavos, libertos o extranjeros no implicaba necesariamente un estigma. Esta lógica transformó la pederastia griega en algo menos ritualizado y más vinculado a jerarquías sociales y sexuales.

Con el tiempo, especialmente en el período imperial tardío, las actitudes romanas comenzaron a endurecerse. La influencia creciente del cristianismo introdujo nuevas nociones de pecado, pureza y control del cuerpo, lo que llevó a una relectura moral negativa de las relaciones entre varones. Bajo el régimen de emperadores como Justiniano, estas prácticas fueron finalmente criminalizadas, marcando un giro decisivo hacia la condena legal y religiosa que dominaría gran parte de la historia occidental posterior.

Cristianismo y transformación moral: de San Agustín a Justiniano

El giro moral que introdujo el cristianismo en torno a la sexualidad no se limitó a la condena de los actos no reproductivos, sino que implicó una reconfiguración completa del significado del cuerpo, el deseo y la virtud.

San Agustín (354–430) sostenía que la finalidad legítima del acto sexual dentro del matrimonio era la procreación, y que el deseo sexual descontrolado —la concupiscentia— era una consecuencia del pecado original (Schmitt, 1983). Esta idea influyó profundamente en la moral cristiana posterior. Sin embargo, estudios contemporáneos aclaran que San Agustín no consideraba el cuerpo como algo malo en sí mismo, ni atribuía la culpa del pecado al cuerpo como tal. Su preocupación se centraba en la pérdida de dominio racional sobre el deseo, que interpretaba como un signo del desorden introducido por el pecado original (Houdaille, 2023). Para él, la sexualidad se volvió problemática no por su naturaleza corporal, sino porque el impulso sexual ya no obedecía plenamente a la voluntad, lo que revelaba una fractura interna entre razón y deseo.

Esta concepción influyó profundamente en la ética cristiana posterior. La sexualidad pasó a entenderse como un ámbito que debía ser regulado espiritualmente, no solo socialmente. La castidad, el autocontrol y la subordinación del deseo a la razón se convirtieron en virtudes centrales, y la vida conyugal fue reinterpretada como un espacio donde la sexualidad debía ejercerse con moderación y finalidad moral (Valencia Marín, 2021). La influencia de San Agustín también se extendió a la comprensión del matrimonio: aunque reconocía su valor, lo situaba por debajo del celibato, al que consideraba una forma superior de vida espiritual (Mora Montes, s.f.).

En este contexto, las relaciones entre personas del mismo sexo comenzaron a ser vistas no solo como actos ilícitos, sino como expresiones de un deseo desordenado que contradecía el ideal cristiano de dominio interior. La preocupación no era únicamente moral, sino también antropológica: para los teólogos cristianos, la sexualidad debía reflejar un orden divino inscrito en la creación, y cualquier desviación de ese orden se interpretaba como una amenaza al equilibrio espiritual y social (Houdaille, 2023). Esta visión preparó el terreno para que, siglos más tarde, el poder imperial adoptara una postura más dura, integrando la moral cristiana en la legislación civil.

El resultado fue una transformación profunda y duradera: la sexualidad dejó de ser un asunto regulado principalmente por costumbres locales o estructuras familiares y pasó a ser un tema central de la moral cristiana, con implicaciones jurídicas, sociales y teológicas que marcaron la cultura occidental durante más de un milenio. La influencia de San Agustín, reinterpretada y amplificada por generaciones posteriores, contribuyó a consolidar una visión de la sexualidad donde el deseo debía ser vigilado, disciplinado y orientado hacia fines espirituales, un marco que condicionó la percepción de la homosexualidad mucho antes de que Justiniano la convirtiera en delito.

Estas doctrinas marcaron la moral occidental durante siglos y moldearon legislaciones posteriores, hasta nuestros días, y que se puede ver en la tradición jurídica moderna.

Persistencia histórica en otras culturas

La desaprobación religiosa en Occidente no impidió que, en muchas otras regiones del mundo, las relaciones entre personas del mismo sexo —incluyendo vínculos entre jóvenes y adultos— continuaran existiendo con significados culturales propios. Lejos de desaparecer, estas prácticas quedaron registradas en poesía, crónicas, tratados filosóficos, obras teatrales y relatos de viajeros, lo que demuestra que la diversidad sexual ha sido una constante histórica, aunque interpretada de formas muy distintas según el contexto.

En el mundo islámico medieval, la poesía homoerótica alcanzó un estatus literario elevado. Autores como Abu Nuwas celebraron abiertamente la belleza masculina juvenil, y las cortes de Bagdad, Córdoba o Samarcanda cultivaron un ideal estético donde la admiración por jóvenes varones formaba parte de la sensibilidad poética. Aunque la ley islámica formalmente desaprobaba los actos sexuales entre hombres, la literatura y la vida cortesana mostraban una convivencia ambigua entre norma religiosa y práctica cultural, donde el deseo homoerótico se expresaba con sofisticación y prestigio (El Rouayheb, 2005).

En el judaísmo medieval, los textos rabínicos y la poesía hebrea de al Ándalus también contienen referencias a la atracción entre varones jóvenes, especialmente en contextos de amistad intensa, admiración estética o vínculos pedagógicos. Estas expresiones no siempre implicaban relaciones sexuales, pero sí revelan que la sensibilidad homoerótica formaba parte del imaginario cultural, incluso en sociedades con marcos legales restrictivos (Habib, 2010).

En China, las relaciones entre hombres —incluyendo vínculos entre adultos y jóvenes— aparecen documentadas desde la antigüedad. La expresión “la pasión del corte de la manga” (duanxiu) o “el melocotón dividido” se convirtió en un eufemismo literario para el amor entre varones y emperadores como Ai de Han o Wu de Jin, que fueron célebres por sus relaciones con jóvenes favoritos (Hinsch, 1990). Estas historias no se interpretaban como desviaciones, sino como parte de la vida afectiva y política de la élite.

En India, los textos sánscritos, las tradiciones tántricas y algunas representaciones del Kamaśāstra muestran una comprensión amplia del deseo, donde las relaciones entre personas del mismo sexo podían aparecer como variaciones naturales del comportamiento humano. En ciertos contextos, estas prácticas se vinculaban a la estética, la espiritualidad o la vida cortesana, más que a categorías morales rígidas (Vanita & Kidwai, 2000).

En Europa, en cambio, la herencia del Derecho Canónico y de los códigos civiles inspirados en Roma mantuvo la condena legal y moral de estas prácticas durante siglos (Boswell, 1980). Sin embargo, incluso en este marco restrictivo, la literatura medieval y renacentista —desde la poesía trovadoresca hasta los relatos de viajeros— deja entrever que la atracción entre personas del mismo sexo persistió en la vida cotidiana, aunque relegada a espacios clandestinos o simbólicos.

Desarrollo infantil, identidad de género y homosocialidad

La comprensión contemporánea del desarrollo infantil muestra que la identidad de género y las dinámicas homosociales no son fenómenos aislados, sino procesos interrelacionados que emergen en etapas distintas y responden tanto a factores biológicos como sociales. Aunque la orientación sexual suele consolidarse más tarde, las primeras manifestaciones de identidad y pertenencia aparecen desde la infancia, influidas por expectativas culturales, modelos familiares y normas de género. Estas dinámicas también condicionan cómo los niños y adolescentes interpretan la cercanía emocional con pares del mismo sexo, así como la forma en que construyen su identidad en contextos donde la homosocialidad es predominante.

Identidad de género en la infancia

La identidad de género comienza a formarse muy temprano, entre los 2 y 5 años, cuando los niños desarrollan una comprensión básica de sí mismos como “niño” o “niña”. Este proceso no implica orientación sexual, sino una identificación de rol sexual que se consolida a través de la interacción con el entorno. La investigación psicológica muestra que muchos niños expresan preferencias de juego, vestimenta o comportamiento que pueden o no coincidir con las expectativas culturales asociadas a su sexo asignado al nacer. Estas variaciones son comunes y forman parte del desarrollo típico (American Psychological Association, 2015).

En algunos casos, los niños manifiestan una inconformidad persistente con los roles de género tradicionales, lo que puede anticipar identidades de género diversas en la adolescencia o adultez. Sin embargo, la mayoría de especialistas subraya que estas expresiones no deben interpretarse como predicciones deterministas, sino como señales de que el niño está explorando activamente su identidad en un entorno social que le ofrece modelos y límites (Zosuls et al., 2009). La clave es que la identidad de género se construye en diálogo con el contexto cultural, y su expresión puede variar ampliamente sin que ello implique patología o desviación alguna.

Roles de género, adolescencia y homosocialidad

Durante la adolescencia, los cambios hormonales y sociales transforman la manera en que los jóvenes se relacionan con su propio cuerpo y con los demás. En muchas culturas, los adolescentes pasan gran parte de su tiempo en grupos del mismo sexo, lo que se conoce como homosocialidad. Esta separación no solo organiza la vida social, sino que también influye en la forma en que los jóvenes experimentan la intimidad emocional, la competencia y la pertenencia grupal (Sedgwick, 1985).

La homosocialidad puede generar espacios de cercanía afectiva intensa entre pares del mismo sexo, que en algunos casos incluyen conductas exploratorias o vínculos emocionalmente profundos. Actividades como la masturbación grupal o la curiosidad por los genitales son comunes en la preadolescencia y no constituyen indicadores de homosexualidad.

La investigación antropológica y psicológica muestra que estas experiencias no predicen la orientación sexual futura, sino que forman parte del proceso de socialización y construcción de identidad (Herdt & McClintock, 2000). Lo que sí puede anticiparse es que los adolescentes que desafían los roles de género rígidos —por ejemplo, un niño que prefiere vestir prendas femeninas, o una muchacha que adopta una estética masculina o andrógina— suelen enfrentar mayor estigmatización, lo que puede influir en su bienestar emocional y en la forma en que exploran su identidad sexual.

En este sentido, la homosocialidad funciona como un espacio ambivalente: puede ofrecer apoyo y sentimiento de pertenencia, pero también puede reforzar normas de masculinidad o feminidad restrictivas. La forma en que cada joven navega entre estas dinámicas depende de factores como el clima escolar, la familia, la cultura y la presencia (o ausencia) de modelos positivos de diversidad.

Estigma y exclusión

El estigma hacia quienes se apartan de las normas de género o expresan atracción por personas del mismo sexo ha sido una constante histórica, aunque sus formas y consecuencias han variado según el contexto cultural. En la infancia y la adolescencia, este estigma suele manifestarse como burla, aislamiento o presión social para ajustarse a expectativas rígidas de masculinidad o feminidad. La desaprobación social hacia quienes no encajan en los roles de género es más severa para los niños que para las niñas, debido a normas culturales que penalizan más la feminización masculina. La exclusión y el acoso son frecuentes y pueden tener efectos duraderos en la salud mental y el bienestar en la persona estigmatizada.

La psicología del desarrollo muestra que los niños aprenden muy temprano qué comportamientos son socialmente aprobados y cuáles son castigados, lo que puede generar miedo a la expresión auténtica de la identidad y un proceso de autocensura que afecta la autoestima y el bienestar emocional (American Psychological Association, 2015).

Durante la adolescencia, el estigma adquiere una dimensión más intensa debido a la presión ejercida por el grupo de pares. Los jóvenes que presentan expresiones de género no convencionales o que son percibidos como “diferentes” suelen enfrentar mayores niveles de acoso escolar, exclusión social y violencia simbólica. Estos procesos no sólo afectan la salud mental, sino que también pueden retrasar o dificultar la autoexploración de identidad, generando muchas veces sentimientos de vergüenza, hipervigilancia o aislamiento (Russell & Fish, 2016). La investigación muestra que el rechazo social no surge únicamente por la preferencia sexual, sino también debido a la transgresión de los roles de género, lo que explica por qué muchos adolescentes sufren estigmatización incluso antes de comprender o definir su orientación (Pascoe, 2007).

El estigma también opera a nivel estructural sistemático. Es decir, las instituciones —escuelas, iglesias, sistemas legales— pueden reforzar normas que marginan a quienes no encajan en los modelos tradicionales de género y sexualidad. En contextos donde la diversidad no es reconocida, los jóvenes carecen de referentes positivos y de espacios seguros para expresarse con libertad, lo que incrementa los estados de ansiedad, depresión y retraimiento social (Meyer, 2003). Por el contrario, los entornos que promueven la aceptación y la educación inclusiva reducen significativamente los efectos del estigma y favorecen un desarrollo general más saludable.

En síntesis, el estigma y la exclusión no son fenómenos individuales, sino eventos sociales que moldean el desarrollo psicológico y emocional de niños y adolescentes. Comprender estos fenómenos es esencial para contextualizar la diversidad sexual y las expresiones de género (tanto en el presente como a lo largo de la historia), para promover entornos donde las nuevas generaciones puedan desarrollarse sin miedo ni silencios impuestos.

Conclusión

Mirar cómo distintas culturas han entendido la sexualidad y el género en la infancia nos recuerda que estas ideas nunca han sido fijas ni universales. Lo que hoy consideramos apropiado, natural o incluso evidente ha cambiado muchas veces a lo largo de la historia, influido por religiones, leyes, costumbres y formas de organización social. También sabemos que los niños no viven la sexualidad como los adultos: exploran, preguntan, imitan y construyen su identidad poco a poco, en un proceso donde intervienen la familia, la escuela, los amigos y el contexto cultural.

Comprender esta diversidad histórica y social nos ayuda a evitar interpretaciones simplistas o juicios basados en ideas del presente aplicadas al pasado. También nos invita a mirar con más sensibilidad las expresiones de género y las experiencias de niños y adolescentes, que muchas veces chocan con expectativas rígidas y generan rechazo o incomprensión. Al final, conocer esta historia no solo amplía nuestra perspectiva, sino que también nos permite acompañar mejor a las nuevas generaciones, reconociendo la diversidad como parte natural del desarrollo humano.

Referencias

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Herdt, G., & McClintock, M. (2000). The Magical Age of 10. Archives of Sexual Behavior, 29(6), 587–606.

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Sedgwick, E. K. (1985). Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire. Columbia University Press.

Valencia Marín, E. (2021). Estimación erótica del amor cristiano en las Confesiones de San Agustín. Perseitas, 9, 120–141. (Un estudio académico reciente que analiza el deseo, el amor y la dimensión erótica en Las Confesiones, útil para fundamentar la idea de la tensión entre deseo y control racional en Agustín.)

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