Discriminación: ¿cómo superar las consecuencias psicológicas de la homofobia?


Discriminación en las calles
Fuente: Leonel Abreu Costa
Según un artículo, "cada 48 horas se produce un asesinato homófobo al rededor del mundo" (El Mundo, 28 de marzo, 2007). Así mismo, "más de 70 países persiguen aún a los homosexuales y ocho los condenan a muerte" (El País, 28 de junio, 2007). Estas cifras dan miedo, y crean muy pobres expectativas en la comunidad homosexual, especialmente si se vive en peligro latente. Las agresiones físicas, sin embargo, no son la norma, pues la discriminación se presenta más comúnmente en su acepción psicológica y acoso moral.
"Si alguien me rechaza por ser lo que soy, la verdad, no me llega a importar tanto, cada quién con lo suyo. Pero fue algo muy distinto cuando sentí el rechazo de mi madre, es algo que hasta la fecha no he podido perdonar..."
(Confesiones en psicoterapia, 2009)
La discriminación por ser homosexual es un tema complejo y presenta muchos niveles de gravedad y vertientes de estudio. Sin embargo, no es intención en este artículo profundizar demasiado sobre estas variantes, teniendo en mente el propósito contrario: simplificar al máximo el tema y proporcionar buenamente algunas pautas de orientación para aquellos(as) que se han visto involucrados(as) en alguna experiencia desagradable de este tipo.

El comportamiento homófobo (o "prejuicio sexual") nace en las personas con estructuras mentales rígidas y muy apegadas a los preceptos religiosos y/o tradiciones socio-sexuales que se han llevado a cabo a lo largo de muchas generaciones. Son personas que se conocen comúnmente como autoritarias, o de personalidad autoritaria. Huyen de los cambios repentinos y se refugian en las tradiciones y estatutos de la ley (religiosa o política). Lo moral se basa en la consecución de la ley aplicada, y las alternativas de un cambio sólo aparecen cuando "la autoridad" lo permite. Existe irracionalidad evidente, falta de fundamentos en las decisiones y una tendencia a abolir la libertad de otros. Este, por supuesto, es el perfil caricaturesco de un señor ¡muy señor!, padre de familia, con una esposa a su servicio, e hijos(as) que deben respetarlo y obedecerlo bajo cualquier circunstancia. Bien podría ser el cura del pueblo, el padre de familia o el presidente de la nación.

La realidad nos pinta un amplio arco iris de personas autoritarias o apegadas a la tradición. Ya sea por herencia familiar, creencia religiosa o socio-política, las personas continúan pensando que lo correcto ya está establecido, que las comunidades han prosperado de esa forma por hacer las cosas como las han hecho y no existe alternativa alguna que pueda venir a cambiar el sistema. Los esquemas mentales están, por decirlo de alguna forma, "petrificados" en el pasado y no tienen, para ellas, ningún sentido cambiarlos ahora.

Bueno, para qué seguir. Basta con decir que dentro de la comunidad existen personas con grado y sentido variable de "autoritarismo" o "tradicionalismo". Están los sacerdotes autoritarios ortodoxos, pero también los hay con sentido común, así como los padres de familia machistas, o los solteros empedernidos morales. Por otro lado también están aquellos que tienen un problema con su propia sexualidad y que terminan proyectando en los demás precisamente aquello que no desean de sí mismos(as): homosexuales de nacimiento que tienen un profundo temor a aceptar su verdadera condición.

Queda claro entonces que todos actuamos según nuestra escala de valores, condiciones de vida, esquemas mentales o pautas culturales. Pero estas personas en particular parecen no darse cuenta de las secuelas psicológicas que deja su actitud inflexible sobre sus víctimas.

Según Marie-France Irigoyen, en su libro El acoso moral. El maltrato psicologico en la vida cotidiana (Spanish Edition), distingue algunas respuestas psicológicas que las víctimas presentan frente a un agresor, estas son: desestabilización emocional grave, depresión, e intento de suicidio. Entre otras secuelas están: creación de resentimientos, venganza y hostigamiento. La víctima de discriminación puede tomar dos caminos, como veremos más adelante: convertirse en una mejor persona o convertirse en alguien peor, incluso, que su propio agresor. Los grados de perturbación, no obstante, pueden ir tan lejos como para afectar las horas de sueño, crear estados de ansiedad perturbadores, problemas psicosomáticos e irritabilidad, un sentimiento de apatía, de indefensión y desesperanza (Leymann, 1996).

Las actitudes agresivas pueden cambiar si las personas logran abrir su mente a lo nuevo y lo "no-tradicional". Las actitudes discriminatorias disminuirían significativamente si los que discriminan tuvieran una mayor capacidad de tolerancia, resistencia a la ambigüedad y respeto por lo que no encaja en sus esquemas pre-establecidos. Disminuirían significativamente si al menos tuvieran una chispa de creatividad, cambiando lo indeseable en algo que tenga beneficio para todos. Pero en cuanto no lo hagan, o no puedan, y no quieran —que sería lo más acertado pensar—, seguirá existiendo un amplio grupo de individuos que pagará las consecuencias psicológicas.

Algunos consejos

1) Crea una consciencia más precisa de ti mism@: el sentimiento de ser discriminad@ nos puede proporcionar el escenario perfecto para evaluar nuestra fortaleza emocional. Sobreponerse a un devastador sentimiento de rechazo no sólo nos hace tener más temple, también nos crea una nueva consciencia de nuestras capacidades, al principio insospechadas. Las situaciones de desventaja nos obligan a superarnos, y son, por mucho, los acicates que despiertan la consciencia para darse cuenta del potencial que tenemos y aún no hemos desarrollado. Nos damos cuenta de cuál es nuestro verdadero alcance, dejando atrás la miseria humana y diferenciándonos de ella. Al mismo tiempo, creamos nuevas habilidades que nos llevan a mejores niveles de adaptación (o fortaleza) interna encontrando un estado de independencia emocional más maduro y estable. Pero en tanto no ganemos esa batalla (contra el "dragón del rechazo"), que es el punto crítico de la prueba en sí misma, será difícil ver la luz al final del túnel.

2) Realiza un sondeo de cuántas veces has tú discriminado a alguien más: Es probable que niegues, como primera línea de defensa, haber discriminado a otros individuos por su raza, procedencia, cultura, ignorancia, personalidad, estilo, pobreza, o hasta por su misma homosexualidad. Sin embargo, es bien sabido que todos, en más de una ocasión, también lo hemos hecho. Entonces, debes considerar  tus valores nuevamente. No somos, claro está, mansas palomas que vuelan por la vida repartiendo amor por doquier, pero tampoco queremos ser eternas víctimas del acoso y la discriminación por nuestra preferencia sexual. Por supuesto, tampoco se trata de hacer un recuento del "karma" que llevamos a cuestas, pero sí, al menos, crearnos una idea de cómo se siente aquel (aquella) que discrimina, esta vez desde el punto de vista del victimario.

Un cambio de roles, como comúnmente se conoce en psicoterapia, es una forma de conocer la psicología de nuestro "enemigo", lo cual nos da herramientas suficientes para no caer en sus redes de control mental.

Si de pronto te das cuenta que también has sido victimario, pues bienvenido al mundo de la cruel sociedad. Esa es la realidad. El victimario, como podrás darte cuenta, no repara mucho en las consecuencias de sus palabras o actos, dejando el sentido de empatía guardado en la maleta de las cualidades "exclusivas". Sea como sea, esa forma de proceder, que todos en algún momento hemos representado, es también una manera de decir: "todos jugamos el mismo juego, el juego de los egos: ¿de qué me quejo?" Unos más, otros menos, pero estamos.

3) Reconoce la propia culpa: Suena contradictorio decir que después de haber sido discriminad@, como víctima, todavía tenga que reconocer la propia culpa. ¿Culpa de qué? Nuestras actitudes, si las reconocemos, pueden darnos la clave de por qué otros(as) nos discriminan. Así, por ejemplo, el seducir a otro hombre por su atractivo físico (si eres gay) puede meterte en problemas, o el proponer un encuentro amoroso a una mujer interesante (si eres lesbi) puede traer consecuencias indeseables en el trabajo. La conducta amanerada de algunos gays o la mala combinación de vestuario en un transexual pueden igualmente acarrear situaciones penosas y hasta agresivas si se va a un bar heterosexual de mala reputación.

La palabra clave aquí es la discreción. Una persona adaptada tiende a ser discreta. Un revolucionario puede igualmente ser discreto. Es necesario ser consciente de las situaciones y eventualidades, sabiendo que los habitantes de un zona, ciudad o país en particular tienen poca o cero tolerancia frente a los grupos de minorías sexuales. Así, es bueno hacer consciencia de quiénes somos, cómo somos, dónde estamos y qué hacemos.

4) Aprende a perdonar: ¿Qué difícil, no? Sin embargo, es una actitud por demás inteligente y estratégica. Un remedio para aliviar la acumulación de resentimientos, odio y todos los males y dificultades que eso conlleva.

Perdonar a quien nos ofende es hasta terapéutico. Nos hace ser más fuertes y capaces de controlar el sufrimiento emocional. Perdonar la ignorancia de otros no es trabajo fácil, pero seguramente viviremos más tranquilos sin el veneno del odio. 

"Ojo por ojo... y el mundo se quedará ciego"
Mahatma Gandhi

Es necesario volverse humanista, es decir, esforzarse en ver al que ha ofendido como una persona con sus virtudes y defectos, y evitar sentirse superior o con derecho a juzgar. Esto tiene que ver con dejar a un lado el orgullo, que en ocasiones actúa como barrera ante el acceso al perdón. Muchas veces, las personas actúan según su escala de valores inculcada desde muy temprana edad: la discriminación puede ser parte de esa cultura adquirida. Tú podrías sentirte en algún momento aludido aunque realmente nadie esté hablando de ti ni señalándote directamente. Esta es una situación muy común entre personas gays y es necesario tomarla muy en cuenta. Recuerda: nunca te lo tomes personalmente, las personas actúan casi siempre de acuerdo a sus preceptos y formas "a veces distorsionadas" de ver el mundo.

5) Mantén la calma: Sin duda, una actitud muy sabia. Sólo a través de la calma —la verdadera calma interna— es posible pensar de forma clara, evitar enojarse fácilmente y caer en respuestas inadecuadas. Las respiraciones profundas diafragmáticas (de 3 a 4 seguidas) pueden contribuir significativamente a recuperar ese estado de calma y alerta al mismo tiempo. Las frases abusivas o hirientes directas que se dicen con el propósito de ofender son, muchas veces, producto de la ignorancia, impulsividad y falta de control personal. Seguir el juego de respuesta inmediata implica demostrar que también se es ignorante de las propias facultades.

Entonces, la manera más madura y eficaz de abordar una actitud de discriminación es con una actitud directamente contraria de calma, que implica reacciones más meditadas, y pensamientos más acertados. A su debido momento, la respuesta vendrá por sí misma, sin necesidad de mancharte las manos, contundente y eficaz. No se trata de quién ganará la otra batalla, sino cómo vivirás después de que la guerra haya acabado.